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Independientes, el gran desafío de los partidos políticos… De O’Higgins, Lagos y otros contratiempos

Noviembre 16, 2020

En nuestro país la participación en partidos políticos, según datos del Servicio Electoral, alcanza cifras cercanas al 5,6%. En ese sentido, se hace latente que la diferencia existente entre la cantidad de personas independientes ya sea por su edad, por desinformación o por una decisión ligada a no sentirse representada por la idea de pertenecer a un partido político, es abrumadora respecto de militantes e independientes.

Lo anterior se suma, a su vez, a la gran fragmentación política existente en nuestro país, donde el universo de poco más de 1.014.000 militantes está disgregado dentro de los 22 partidos políticos que se han conformado hasta la fecha.

Es en ese contexto que, desde un tiempo a esta parte, las demandas sociales que han generado malestar en el grueso de la población de Chile no han tenido su conducción ni origen dentro de los propios partidos políticos, sino más bien en otros grupos intermedios de la sociedad, las organizaciones de la Sociedad Civil.

Ante esto, es necesario establecer en primer lugar, que sería falaz indicar que dichas organizaciones están conformadas exclusivamente o en su totalidad por independientes, puesto que necesariamente -y ante la cifra entregada- la presencia de militantes de los diferentes partidos es una posibilidad cierta en la conformación de estos grupos. Sin embargo, lo que se plantea es que dichas organizaciones no responden de manera orgánica a la estructura de un partido político determinado, pudiendo tener dentro de sus filas a militantes de diferentes colectividades conviviendo políticamente con personas absolutamente independientes; movidos por un fin o interés en común.

Esos intereses en común son los que las organizaciones de la Sociedad Civil han transformado en las demandas de este siglo, siendo dichas organizaciones las que también toman el liderazgo social de las demandas que promueven.

A este respecto, los partidos políticos no han sabido sobrellevar el rol de liderazgo en las exigencias que la sociedad manifiesta, cediendo la responsabilidad y aislándose de la participación de estos nuevos actores. En consecuencia, ambos se cierran muchas veces a la posibilidad de encauzar en conjunto aquellas demandas, generando desconfianza al mostrar a la ciudadanía intereses aparentemente contrapuestos.

De ahí que, las organizaciones partidistas demuestran ser instituciones funcionales al proyecto democrático, en el sentido de planificación meramente electoral. Con esto generan descontento en la ciudadanía al hacer palpable dicha desconexión con el mundo social y convertirse en instituciones con un sentido solo de utilidad para el desarrollo de la democracia representativa.

Es entonces que solo en las elecciones cuestionamos la existencia y participación de los partidos políticos; mientras que al hablar de demandas sociales -como derechos LGTBI+- nos referimos principalmente a los actores de la sociedad civil -como MOVILH o Fundación Iguales-, demostrando la escasa relevancia que alcanzan en los ciudadanos independientes las acciones emprendidas por los partidos.

Una real democracia requiere necesariamente de la existencia de pluralidad de pensamientos e ideas, es decir, que las instituciones que la desarrollan y potencian, actúen como forma de representar dicha pluralidad y no de una forma meramente instrumental, puesto que, de otro modo, no sería parte del concierto de instituciones democráticas (y con ellos colectivas), sino meramente particulares (o individuales) alejándose de los fines para los que esencialmente existen.

Lo anterior, resulta grave en el desarrollo mismo de la institucionalidad democrática. Esto, debido a que las propias colectividades no estarían promoviendo debate democrático de ideas y solo se disputarían -como campo de batalla por cuotas de poder- el electorado y servirían a fines meramente funcionales en la búsqueda de la obtención de escaños. Lo que, a nuestro juicio, podría afectar la esencia misma del sistema democrático: viciándolo.

Viciándolo, puesto que el alejamiento con las comunidades, demandas y problemáticas sociales es tal que solo se quedan en los debates teóricos sin proyección práctica de ideas y liderazgos, manteniendo así su reservado nicho dentro del haber social nacional.

En cuanto a lo planteado anteriormente, una solución a corto plazo para conjugar la institucionalidad con la practicidad de la democracia se hallaría en la búsqueda de integración paulatina de los independientes en las actividades partidistas; uniendo a quienes actualmente lideran las demandas dentro de la comunidad, dándole mayor sentido al contenido de la institucionalidad partidaria.

Con ello, los independientes contarían con el espacio que requieren para llevar a cabo las demandas que surgen de sus núcleos sociales, promoviendo un correcto sentir democrático dentro de las bases ciudadanas que representan; a su vez que las colectividades partidistas fortalecerían sus políticas prácticas dentro de su ámbito de acción pública como agentes activos y protagónicos de las exigencias sociales. Permitiendo con esta asistencia recíproca la contribución en soluciones a largo plazo frente a estos vicios democráticos planteados.

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